En la primavera de 1997 hice un trabajo de clase para la asignatura de Antropología Urbana sobre “la movida”. El trabajo me consumió buena parte del último semestre de la carrera, durante el cual comencé a abrir los ojos en la noche sevillana pretendiendo una mirada etnográfica. El 11 septiembre de 1997 soy un licenciado en Antropología Social y Cultural. A diferencia de los compañeros y amigos que habían cruzado el umbral tras el desconcertante más allá de los estudios, no sentía angustia alguna por lo que iba hacer. Seguiría estudiando, aunque este nuevo ciclo no lo había vislumbrado con anterioridad e ignoraba cómo desenvolverme. Me interesaba todo aquello que tuviera que ver con la “juventud y el ocio”, abriendo un sinnúmero de capítulos para una hipotética “obra doctoral”. Además de pasármelo bien, sobre “la sociabilidad de nuestros jóvenes” no me desvelaba la búsqueda de “datos” relevantes, localizar informantes representativos o entrevistar grupos por medio de las cuales pudiera retratar un sector de la juventud. La cuestión difícilmente podría ser abordada desde una experiencia determinada o un conjunto de recreaciones bien orquestadas. Estaba ante “algo” volátil e inestable, para intentar fijarlo me preguntaba qué pudiera conferirle una estructura y generar un premarco donde ubicar las experiencias concretas, darles un sentido amén de científica operatividad. Mostrar un sistema donde parecía que sólo había indeterminación y una desafiante diversidad, era un ejercicio que sabía al cabo falaz pero exigible y necesario, por lo cual empíricamente decidí atenerme a las dos categorías sobre las cuales se construyen percepciones y se levantan a posteriori verdades: espacio y tiempo. Y atendiendo a los tiempos y a los espacios de los jóvenes, daba con el ritmo académico, el cual es el principal principio de estructuración de la sociabilidad. Así es, al menos para los jóvenes universitarios como para quienes están inmersos en la enseñanza secundaria obligatoria, y para todos aquellos cuyas vidas son afines. Lo primero que hice fue seguir la vuelta a las clases de los compañeros que estaban detrás mía, sin abandonar el entorno que me había cobijado durante 5 años.
A lo largo del curso académico hay ocasiones especialmente propicias para el trabajo etnográfico. Un conglomerado de ellas son la "vuelta a las clases" tras cada período no lectivo: el verano, las navidades, la Semana Santa o la Feria de abril. Es similar a los retornos tras cada fin de semana cuando los jóvenes han de enfrentarse a la cotidianidad dejando atrás el período de excepción vivido. Al inicio y al término de la jornada o aprovechando los resquicios, en los descansos entre clase y clase, por los huecos en el horario y con el tiempo libre obtenido al faltar a clase, es posible el encuentro con los otros, intercambiar las experiencias pasadas, rememorando y haciendo partícipes a los amigos y conocidos. Estas ocasiones son muy valiosas para el etnógrafo empeñado en la sociabilidad de los jóvenes, permitiendo recopilar abundante información sin forzar a los sujetos. Como retornan al estudio, lo hacen al trabajo, al esfuerzo y la renuncia, al tiempo de las obligaciones identificadas como imposiciones externas y que al generar experiencias homogéneas y compartidas no suscitan muchos comentarios. Por el contrario la evocación de las "movidas" pasadas, al igual que las proyecciones de aquellas por venir, refieren al tiempo sentido como libre y por tanto propio, permitiendo sobrellevar el peso de la vuelta y acercarse un poco más al compañero, conocerlo. Cuando los sujetos tratan con lo hecho o lo por hacer resultan de especial interés todo aquello que sea sorprendente, lo extraordinario o las "movidas" en el sentido primigenio del término. Estos retornos permiten al etnólogo acceder a su ocio, que en esos momentos es tan apurado y escaso, siendo condensado cuanto se hizo por el apremio de los otros (los demás avatares personales no se comentan en grupo, para ellos están momentos y personas escogidas). Además estos retornos iluminan en el mismo entorno académico cuáles son los espacios de sociabilidad, allí desde donde evocan las experiencias extraordinarias vividas, tan importantes o más que aquellos a los que sin cesar se refieren en las conversaciones, pues al fin y al cabo es donde pasan la mayor parte de su tiempo.
El inicio de mi trabajo de campo fue recorrer la universidad atendiendo a los espacios y tiempos para la sociabilidad. Los escenarios eran variopintos, considerados todos aquellos ocupados fuera del tiempo dedicado al aprendizaje. Incluso lo eran las aulas durante las clases, para quienes no tienen interés, o entre clase y clase, dentro y fuera del aula, a las puertas. También podían serlo la secretaría con sus colas, o los tablones de horarios, asignaturas y notas. Los pasillos sobresalen como lugares para el encuentro y la convivencia. Al igual que las bibliotecas. Luego están los bares o cafeterías, dentro y fuera del recinto, espacios prístinos para la sociabilidad. Finalmente el césped en el exterior del edificio y los patios interiores.
La sede central de la Universidad de Sevilla, el edificio que alberga el Rectorado y las facultades de Geografía e Historia, Filología y Derecho, es “mi” universidad. Allí cursé estudios, vivía y vivo a tiro de piedra. Además siendo mi madre profesora desde los 11 años he recorrido lo que ahora me parece un monstruo que me persigue y no consigo detrás atrás. Pero entonces allí tenía gran parte de mis amistades, forjadas tras años de cohabitación dentro del sistema educativo y era indudablemente un lugar incomparable donde estar, como lo fue mi instituto, ubicado primero en un antiguo pabellón de la Exposición Iberoamericana de 1929 y luego en el Palacio de San Telmo (entonces en ruina, ahora actual sede del Gobierno Andaluz), ambos edificios radicados cerca de la universidad y bajo su área de influencia, permitiéndome participar precozmente de cuanto evento se organizara y recorrer los nodos espacio-temporales que la vida universitaria aporta al laberinto de la sociabilidad de los jóvenes.
Carteles diseminados estratégicamente por las inmediaciones del edificio lo insertan dentro de la Sevilla a visitar por el turista y está en cualquier guía, con la sobresaliente mención al mito universal de Carmen, la cigarrera. Fue Fábrica Real de Tabacos, erigida en el siglo XVIII extramuros por el emplazamiento llamado de “las Calaveras”, al haber servido de enterramiento en época romana. Era una de las construcciones industriales más importantes en Europa, con una superficie, 207 x 162 metros, solamente superado en España por El Escorial, y estilísticamente se mezclan rasgos medievales y militares (como el poseer foso y garita), renacentistas (en el esquema de la planta o en uno de los patios), barrocos (la portada principal, fuentes de los patios, algunas bóvedas, lucernarios y pináculos), por las obras finales presenta rasgos neoclásicos. Entrando por la puerta principal o del Rectorado hay una bella panorámica Norte–Sur, con los fuertes contrastes de luces y sombras de dos patios y galerías que de estos se abren. El esquema fundamental de los cimientos es una planta en cuadrícula formada por cuatro pilares, cuyos ejes distan entres sí 7 varas castellanas (5´87 metros), sobre los cuales estriban los pilares de las dos plantas.
El esquema es tan simple que los patios surgen por omisión de este esquema modular. El primer patio, llamado "del Reloj" y antiguamente de “las Cuadras”, es rectangular, de dos pisos, con arquerías en la planta baja y calles que se desarrollan en el cuerpo primero. En el patio en sí no hay más que el trasiego de quienes van y vienen. El segundo patio se llamó antiguamente de “la Fieldad”. Si mantenemos como centro este patio, siguiendo el eje Norte-Sur damos a la puerta de la Facultad de Filología, antiguamente de Filosofía y Letras; en el eje Oeste-Este tenemos al Oeste un bar conocido como “de Derecho” y al fondo la puerta de la Facultad Derecho, mientras hacia el Este daríamos con la puerta de Geografía e Historia. En la planta superior de este patio, hay otro que tenía tres puertas: una puerta cerrada daba al sector de la Facultad de Derecho, una segunda puerta entonces abierta daba al sector de la Facultad de Geografía e Historia, directamente al Aula Magna -donde recibía mis clases de Antropología- y una tercera puerta comunicaba a otro bar y a través de éste a los pasillos, escaleras, patios interiores y demás estancias convertidas en aulas o departamentos.
El bar era de los de larga barra con garabatos en tiza, albero a los pies, pesados y polvorientos ventiladores de aspas en el techo, pequeñas mesas y sillas de número indeterminado en torno a las cuales grupos se arremolinaban, parejas se enamoraban, solitarios pasaban desapercibidos. Tomando café, una cerveza o una copa se hablaba, circulaba información, noticias y rumores de valor, discutíamos y coincidíamos entre bromas y veras, no eran pocos los que incluso estudiaban. El bar fue el espacio de sociabilidad más nítido para la comunidad universitaria en su conjunto, pero “el patio” contiguo era sólo habitado por algunos. Estaba disponible cinco días a la semana, de septiembre a junio, desde primeras horas de la mañana hasta el anochecer. Durante un período de cinco años allí pasaba gran parte del tiempo libre y, consecuentemente, fue el escenario principal al inicio del trabajo de campo.
La sociabilidad de los jóvenes está estructurada en buena medida por el ser estudiante, siendo “los patios de recreo” lugares capitales, desde la etapa preescolar. Recuerdo cuando era niño el alivio al sonar el timbre pare el recreo, o cuando por las tardes saltábamos la valla del colegio y en el patio jugar al fútbol, ya sin temer el timbre de vuelta a clase. También recuerdo visitar en el recreo a mi hermano menor en sus primeros días de colegio y, a través de la alambrada que separaba su patio del mío, consolarle. Ya en el instituto, el patio era un espacio escénico privilegiado donde mostrarnos ensayando roles. Entre iguales aprendíamos lo que de verdad importaba y, además de explicarnos los unos a los otros cómo hacer un ejercicio o aprobar un examen, des-aprendíamos todos aquellos valores y conductas que el sistema educativo trataba de inocularnos. Cuando nos escapábamos, cómo disfrutábamos de la libertad que se conquista. Ahora en mi instituto las puertas se abren y cierran por un mecanismo que acciona el bedel, han subido la altura de los muros del patio, hay cámaras de televisión vigilando patio y pasillos, el bar lo cerraron. Por otra parte los policías tienen el mandato de ocuparse de quienes logran hacer rabona, a los cuales además en ningún lugar venderán unos cigarrillos sueltos y un litro de cerveza. Siendo universitario las restricciones para una libre gestión del tiempo son mínimas y es factible desplegar las potencialidades del espíritu, consagrándolo al estudio como a las artes o al juego, a un simple estar con los amigos sin ocupación y a la diversión sin frenos. Siendo el recreo una pieza del engranaje de la vida del estudiante, “salir al “patio” mantenía una solución de continuidad con los años de colegio e instituto.
En el patio una campana marcaba los cuartos y las horas acompañando el paso del tiempo y las obligaciones de la jornada, si bien como en la plaza de los pueblos la prisa era cosa de los forasteros. El uso del espacio era intenso, modulado por los horarios de las clases y el calendario lectivo pero estaba a merced de la libre opción de los individuos, estuviéramos o no estudiando en la universidad. Dada la ubicación del aula durante mis cursos de Antropología, salir al patio era casi inevitable. Cuando llegabas tarde a la primera clase del día estaban abiertas las puertas, en los descansos tras una hora y media de clase, en las horas muertas entre clase y clase, diez minutos antes de los exámenes y al salir bien o mal parado de éstos, si no querías ir a clase podías ir al patio y si estabas en casa sin nada que hacer, también.
Era sin duda una plaza, el centro desde el cual se articulaban redes, circulaba información y se tejían historias, un espacio físico y social diferenciado, sin equivalente en la ciudad (pocos análogos habría en otras localidades, tal y como certificaban los estudiantes extranjeros). Y lo que convertía el patio en un lugar tan singular éramos nosotros y la libertad con que podíamos desenvolvernos. Aquellos que hacíamos un uso continuado del espacio teníamos un aire de familia. En ocasiones algunos (alumnos, profesores antipáticos, decanos o el rector) pasaban por el patio de una puerta otra como si no nos vieran o daban muestras de extrañeza primero y de desaprobación después. Seríamos diseccionados, atendiendo a perfiles mínimos, como raros, desviados, alternativos. La desviación no era tan homogénea como pudiera parecerle a quien discriminase en el nosotros, pero había ciertos elementos para el taxidermista. Ir a la contra era uno, cumpliendo con el tópico del joven universitario y rebelde. Otro un ostensible consumo de hachís que nos situaba potencialmente en los márgenes de la ley, nos volvía perezosos y alegres, abiertos de mente y comunicativos bajo un estado contagioso que intoxicaba a quienes no fumaban. Como es norma en los espacios que nos son propios, no estaban instituidos ni los usos ni el perfil de los usuarios, pero cuanto saliese de la norma era bien venido. Había de todo, para la mirada avezada están los pelos largos o cortos o de colores o múltiples variaciones en el juego de las apariencias. Las diferencias de estilo no eran determinantes, siendo unos usos del espacio intensivos y la tendencia a la subversión de lo reglado aquello que hacía el patio excepcional y un punto negro o foco de infección por anular.
Al llegar la primavera del año 2000 el rector clausuró el patio tapiando las puertas. El bar poco después fue igualmente cerrado y en su lugar, tras dos años de obras, tenemos cubículos donde se arremolinan los miembros del personal universitario agraciados. Los meses siguientes a la expulsión me levantaba por las mañanas y como un sonámbulo iba a la universidad para desde el patio inferior contemplar nuestro patio, allá arriba, inaccesible, vacío, sin más función que la arquitectónica. Y al desactivar nuestro principal nodo de sociabilidad, acabaron con nosotros: su ubicación era neurálgica y no fuimos capaces de crear un punto de encuentro análogo. Esa es buena medida nuestra historia, de incomprensión y acoso, de espacios y tiempos clausurados uno tras otro. La lista es larga, quise comenzar por el patio.
A lo largo del curso académico hay ocasiones especialmente propicias para el trabajo etnográfico. Un conglomerado de ellas son la "vuelta a las clases" tras cada período no lectivo: el verano, las navidades, la Semana Santa o la Feria de abril. Es similar a los retornos tras cada fin de semana cuando los jóvenes han de enfrentarse a la cotidianidad dejando atrás el período de excepción vivido. Al inicio y al término de la jornada o aprovechando los resquicios, en los descansos entre clase y clase, por los huecos en el horario y con el tiempo libre obtenido al faltar a clase, es posible el encuentro con los otros, intercambiar las experiencias pasadas, rememorando y haciendo partícipes a los amigos y conocidos. Estas ocasiones son muy valiosas para el etnógrafo empeñado en la sociabilidad de los jóvenes, permitiendo recopilar abundante información sin forzar a los sujetos. Como retornan al estudio, lo hacen al trabajo, al esfuerzo y la renuncia, al tiempo de las obligaciones identificadas como imposiciones externas y que al generar experiencias homogéneas y compartidas no suscitan muchos comentarios. Por el contrario la evocación de las "movidas" pasadas, al igual que las proyecciones de aquellas por venir, refieren al tiempo sentido como libre y por tanto propio, permitiendo sobrellevar el peso de la vuelta y acercarse un poco más al compañero, conocerlo. Cuando los sujetos tratan con lo hecho o lo por hacer resultan de especial interés todo aquello que sea sorprendente, lo extraordinario o las "movidas" en el sentido primigenio del término. Estos retornos permiten al etnólogo acceder a su ocio, que en esos momentos es tan apurado y escaso, siendo condensado cuanto se hizo por el apremio de los otros (los demás avatares personales no se comentan en grupo, para ellos están momentos y personas escogidas). Además estos retornos iluminan en el mismo entorno académico cuáles son los espacios de sociabilidad, allí desde donde evocan las experiencias extraordinarias vividas, tan importantes o más que aquellos a los que sin cesar se refieren en las conversaciones, pues al fin y al cabo es donde pasan la mayor parte de su tiempo.
El inicio de mi trabajo de campo fue recorrer la universidad atendiendo a los espacios y tiempos para la sociabilidad. Los escenarios eran variopintos, considerados todos aquellos ocupados fuera del tiempo dedicado al aprendizaje. Incluso lo eran las aulas durante las clases, para quienes no tienen interés, o entre clase y clase, dentro y fuera del aula, a las puertas. También podían serlo la secretaría con sus colas, o los tablones de horarios, asignaturas y notas. Los pasillos sobresalen como lugares para el encuentro y la convivencia. Al igual que las bibliotecas. Luego están los bares o cafeterías, dentro y fuera del recinto, espacios prístinos para la sociabilidad. Finalmente el césped en el exterior del edificio y los patios interiores.
La sede central de la Universidad de Sevilla, el edificio que alberga el Rectorado y las facultades de Geografía e Historia, Filología y Derecho, es “mi” universidad. Allí cursé estudios, vivía y vivo a tiro de piedra. Además siendo mi madre profesora desde los 11 años he recorrido lo que ahora me parece un monstruo que me persigue y no consigo detrás atrás. Pero entonces allí tenía gran parte de mis amistades, forjadas tras años de cohabitación dentro del sistema educativo y era indudablemente un lugar incomparable donde estar, como lo fue mi instituto, ubicado primero en un antiguo pabellón de la Exposición Iberoamericana de 1929 y luego en el Palacio de San Telmo (entonces en ruina, ahora actual sede del Gobierno Andaluz), ambos edificios radicados cerca de la universidad y bajo su área de influencia, permitiéndome participar precozmente de cuanto evento se organizara y recorrer los nodos espacio-temporales que la vida universitaria aporta al laberinto de la sociabilidad de los jóvenes.
Carteles diseminados estratégicamente por las inmediaciones del edificio lo insertan dentro de la Sevilla a visitar por el turista y está en cualquier guía, con la sobresaliente mención al mito universal de Carmen, la cigarrera. Fue Fábrica Real de Tabacos, erigida en el siglo XVIII extramuros por el emplazamiento llamado de “las Calaveras”, al haber servido de enterramiento en época romana. Era una de las construcciones industriales más importantes en Europa, con una superficie, 207 x 162 metros, solamente superado en España por El Escorial, y estilísticamente se mezclan rasgos medievales y militares (como el poseer foso y garita), renacentistas (en el esquema de la planta o en uno de los patios), barrocos (la portada principal, fuentes de los patios, algunas bóvedas, lucernarios y pináculos), por las obras finales presenta rasgos neoclásicos. Entrando por la puerta principal o del Rectorado hay una bella panorámica Norte–Sur, con los fuertes contrastes de luces y sombras de dos patios y galerías que de estos se abren. El esquema fundamental de los cimientos es una planta en cuadrícula formada por cuatro pilares, cuyos ejes distan entres sí 7 varas castellanas (5´87 metros), sobre los cuales estriban los pilares de las dos plantas.
El esquema es tan simple que los patios surgen por omisión de este esquema modular. El primer patio, llamado "del Reloj" y antiguamente de “las Cuadras”, es rectangular, de dos pisos, con arquerías en la planta baja y calles que se desarrollan en el cuerpo primero. En el patio en sí no hay más que el trasiego de quienes van y vienen. El segundo patio se llamó antiguamente de “la Fieldad”. Si mantenemos como centro este patio, siguiendo el eje Norte-Sur damos a la puerta de la Facultad de Filología, antiguamente de Filosofía y Letras; en el eje Oeste-Este tenemos al Oeste un bar conocido como “de Derecho” y al fondo la puerta de la Facultad Derecho, mientras hacia el Este daríamos con la puerta de Geografía e Historia. En la planta superior de este patio, hay otro que tenía tres puertas: una puerta cerrada daba al sector de la Facultad de Derecho, una segunda puerta entonces abierta daba al sector de la Facultad de Geografía e Historia, directamente al Aula Magna -donde recibía mis clases de Antropología- y una tercera puerta comunicaba a otro bar y a través de éste a los pasillos, escaleras, patios interiores y demás estancias convertidas en aulas o departamentos.
El bar era de los de larga barra con garabatos en tiza, albero a los pies, pesados y polvorientos ventiladores de aspas en el techo, pequeñas mesas y sillas de número indeterminado en torno a las cuales grupos se arremolinaban, parejas se enamoraban, solitarios pasaban desapercibidos. Tomando café, una cerveza o una copa se hablaba, circulaba información, noticias y rumores de valor, discutíamos y coincidíamos entre bromas y veras, no eran pocos los que incluso estudiaban. El bar fue el espacio de sociabilidad más nítido para la comunidad universitaria en su conjunto, pero “el patio” contiguo era sólo habitado por algunos. Estaba disponible cinco días a la semana, de septiembre a junio, desde primeras horas de la mañana hasta el anochecer. Durante un período de cinco años allí pasaba gran parte del tiempo libre y, consecuentemente, fue el escenario principal al inicio del trabajo de campo.
La sociabilidad de los jóvenes está estructurada en buena medida por el ser estudiante, siendo “los patios de recreo” lugares capitales, desde la etapa preescolar. Recuerdo cuando era niño el alivio al sonar el timbre pare el recreo, o cuando por las tardes saltábamos la valla del colegio y en el patio jugar al fútbol, ya sin temer el timbre de vuelta a clase. También recuerdo visitar en el recreo a mi hermano menor en sus primeros días de colegio y, a través de la alambrada que separaba su patio del mío, consolarle. Ya en el instituto, el patio era un espacio escénico privilegiado donde mostrarnos ensayando roles. Entre iguales aprendíamos lo que de verdad importaba y, además de explicarnos los unos a los otros cómo hacer un ejercicio o aprobar un examen, des-aprendíamos todos aquellos valores y conductas que el sistema educativo trataba de inocularnos. Cuando nos escapábamos, cómo disfrutábamos de la libertad que se conquista. Ahora en mi instituto las puertas se abren y cierran por un mecanismo que acciona el bedel, han subido la altura de los muros del patio, hay cámaras de televisión vigilando patio y pasillos, el bar lo cerraron. Por otra parte los policías tienen el mandato de ocuparse de quienes logran hacer rabona, a los cuales además en ningún lugar venderán unos cigarrillos sueltos y un litro de cerveza. Siendo universitario las restricciones para una libre gestión del tiempo son mínimas y es factible desplegar las potencialidades del espíritu, consagrándolo al estudio como a las artes o al juego, a un simple estar con los amigos sin ocupación y a la diversión sin frenos. Siendo el recreo una pieza del engranaje de la vida del estudiante, “salir al “patio” mantenía una solución de continuidad con los años de colegio e instituto.
En el patio una campana marcaba los cuartos y las horas acompañando el paso del tiempo y las obligaciones de la jornada, si bien como en la plaza de los pueblos la prisa era cosa de los forasteros. El uso del espacio era intenso, modulado por los horarios de las clases y el calendario lectivo pero estaba a merced de la libre opción de los individuos, estuviéramos o no estudiando en la universidad. Dada la ubicación del aula durante mis cursos de Antropología, salir al patio era casi inevitable. Cuando llegabas tarde a la primera clase del día estaban abiertas las puertas, en los descansos tras una hora y media de clase, en las horas muertas entre clase y clase, diez minutos antes de los exámenes y al salir bien o mal parado de éstos, si no querías ir a clase podías ir al patio y si estabas en casa sin nada que hacer, también.
Era sin duda una plaza, el centro desde el cual se articulaban redes, circulaba información y se tejían historias, un espacio físico y social diferenciado, sin equivalente en la ciudad (pocos análogos habría en otras localidades, tal y como certificaban los estudiantes extranjeros). Y lo que convertía el patio en un lugar tan singular éramos nosotros y la libertad con que podíamos desenvolvernos. Aquellos que hacíamos un uso continuado del espacio teníamos un aire de familia. En ocasiones algunos (alumnos, profesores antipáticos, decanos o el rector) pasaban por el patio de una puerta otra como si no nos vieran o daban muestras de extrañeza primero y de desaprobación después. Seríamos diseccionados, atendiendo a perfiles mínimos, como raros, desviados, alternativos. La desviación no era tan homogénea como pudiera parecerle a quien discriminase en el nosotros, pero había ciertos elementos para el taxidermista. Ir a la contra era uno, cumpliendo con el tópico del joven universitario y rebelde. Otro un ostensible consumo de hachís que nos situaba potencialmente en los márgenes de la ley, nos volvía perezosos y alegres, abiertos de mente y comunicativos bajo un estado contagioso que intoxicaba a quienes no fumaban. Como es norma en los espacios que nos son propios, no estaban instituidos ni los usos ni el perfil de los usuarios, pero cuanto saliese de la norma era bien venido. Había de todo, para la mirada avezada están los pelos largos o cortos o de colores o múltiples variaciones en el juego de las apariencias. Las diferencias de estilo no eran determinantes, siendo unos usos del espacio intensivos y la tendencia a la subversión de lo reglado aquello que hacía el patio excepcional y un punto negro o foco de infección por anular.
Al llegar la primavera del año 2000 el rector clausuró el patio tapiando las puertas. El bar poco después fue igualmente cerrado y en su lugar, tras dos años de obras, tenemos cubículos donde se arremolinan los miembros del personal universitario agraciados. Los meses siguientes a la expulsión me levantaba por las mañanas y como un sonámbulo iba a la universidad para desde el patio inferior contemplar nuestro patio, allá arriba, inaccesible, vacío, sin más función que la arquitectónica. Y al desactivar nuestro principal nodo de sociabilidad, acabaron con nosotros: su ubicación era neurálgica y no fuimos capaces de crear un punto de encuentro análogo. Esa es buena medida nuestra historia, de incomprensión y acoso, de espacios y tiempos clausurados uno tras otro. La lista es larga, quise comenzar por el patio.
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