Si el pato de recreo fue mi primera unidad de observación, la primera unidad de análisis eran las vueltas al cole como ocasiones en las cuales emergía la condición del estudiante iluminando el campo de la sociabilidad y “las movidas” vividas. Estos retornos según fueran tras las vacaciones de verano o de Navidad presentan una sustancial diferencia, que nos lleva al segundo conglomerado de situaciones relevantes para la aproximación etnográfica a “la comunidad de los estudiantes”, y al hecho determinante que estructura sus expresiones de sociabilidad con singular reflejo en las fiestas de celebración de la primavera.
Una mañana de septiembre a partir del medio día el patio comenzaba a animarse. Los estudiantes salen de las primeras clases, toman un descanso y ya habrá quien decida faltar a alguna asignatura. Lo más importante es estar con los compañeros, máxime tras el período vacacional. Se conversa animadamente, qué ha hecho cada cual durante el verano, los nuevos profesores y asignaturas. La gente no para de circular pero, como en cualquier plaza o bar en zona de movida, hay grupos que se destacan por una presencia más sostenida. He tomado a uno de ellos como “grupo alfa” (es como jocosamente se autodenominan, burlándose de mi empeño analítico). La mayoría de sus integrantes son amigos de años y con ellos se queda y sale con asiduidad, pero otros no lo son o no han estado disponibles por las vacaciones y los exámenes de septiembre. Este círculo de amigos y conocidos supera la fragmentación de los estudiantes en licenciaturas, carreras, cursos, aunque se dan los lógicos agrupamientos marcados por el sistema educativo que los entrelaza, de tal modo que paso la mayor parte del tiempo en el patio con estudiantes de Geografía. Distintos cursos, hay quien está en su último año con varias pendientes y quien comienza su singladura (varios han elegido esta carrera o han abandonado otras sólo por estar con el resto de los amigos). Rellenan las matrículas con el concurso de los asistentes aprovechando la experiencia de los otros, siendo el principal criterio la facilidad para aprobar las asignaturas. Conforme se acerca la clase siguiente se discute colectivamente si asistir o no. Estamos a principio de curso y queda mucho por delante, al sol, charlando, amigos que vienen y van, la alegría de un encuentro. Cuando acaban las últimas clases del día todos mis amigos y conocidos habrán pasado por el patio, al menos un rato. Como la bulla que se forma en el patio, así será en las calles por las noches de otoño: quien está libre de obligaciones, disfruta.
El primer día de clase tras las vacaciones de Navidad los pasillos son nuevamente un hervidero, con corrillos a las puertas de las aulas, los bancos ocupados, grupos sentados en el suelo o en las escaleras, los dos bares abarrotados, el charloteo es continúo, ni en las bibliotecas se guarda el debido silencio. Pero la animación en el patio no es mucha. Conforme avance la mañana la asistencia se ve alterada por el ritmo de los cambios de clase, con gran variación de los grupos y sin que se mantenga ninguno durante un tiempo prolongado. Para el estudiante se traban con facilidad el mundo del trabajo (sus estudios) y del ocio, volver a clase tras las vacaciones supone la activación simultánea de los dos ámbitos. Se habla acerca de lo que hicimos durante las fiestas, en especial los días señalados de Nochebuena y Fin de año, pero brevemente. La proximidad de los exámenes es el tema principal de conversación. Circula información valiosa sobre profesores, asignaturas y apuntes, en un libre mercadeo de las ideas. Hay cierta angustia compartida por el despertar brusco a la normalidad y remordimientos por no haber estudiado gran cosa estas semanas. Asistirán más a clase, dedicando cada vez menos tiempo a estar con los compañeros. Trato de retener en el patio a dos amigos de mi grupo de informantes y debería resultarme fácil, malos estudiantes y juerguistas como son, pero no. Ya se despidieron de las fiestas, llegando a casa hoy de madrugada. No son los únicos que han descargado los días previos. Ahora no hay tiempo que perder. Cuando pasen los exámenes, me dicen. Es una muestra de la incidencia que en la sociabilidad tiene el hecho de estudiar. Como una plaza cualquiera que sólo tras la semana de trabajo y estudio es ocupada, el patio reproduce estos vaivenes. Tampoco habrá gran animación en las calles del fin de semana.
Los minutos del examen son -desde la enseñanza primaria- lo que da sentido al resto del tiempo vivido. La condición del estudiante supone pasar una y otra vez la prueba, determina su progresión hasta llegar a la universidad, justifica la prolongación de los estudios. Si la sociabilidad de los jóvenes no puede desligarse de los estudios, el examen es la piedra de toque de todo el andamiaje.
Para comprender cuánto implica para los jóvenes el ocio, hay que ubicarlos dentro del trabajo. El mundo del deseo es reflejo de la necesidad, el desorden buscado es un calco del orden impuesto. Cuando habitan el tiempo festivo, forzosamente ha de ser desde la quiebra de la cotidianidad.
Ser estudiante no es tener una libre disposición del tiempo. Sigo los avatares de los estudiantes en las semanas previas a los exámenes. Por ejemplo, el sujeto X se levanta a las 7:30, entrará en clase las 8:30 y saldrá a las 14:00. Almuerza en una de las cafeterías del entorno y retorna a la biblioteca para estudiar de 15:00 hasta la hora de cierre, 20:30. Según las fuerzas y la proximidad de los exámenes, la jornada de estudio continuará en casa. Y más de una noche antes del examen dormirá lo justo. No es una trayectoria inusual, ni X es especialmente aplicada. Cuando las bibliotecas abran las puertas en apenas diez minutos ya no hay sitio. La cafetería estará durante todo el día llena, en el patio hay también animación como en los restantes espacios de sociabilidad, pero nadie permanece largo rato. Llegar, despejarse con un café o un cigarrillo, intercambiar unas palabras y retornar a clase o al estudio. El tiempo para el relajo es mínimo. Los amigos son ante todo compañeros de estudio, no hay otra conversación que asignaturas y exámenes, los unos se enseñan a los otros lo que aprendieron en el aula, en los libros o en la soledad del lugar de estudio.
El primer día de la semana de exámenes en los pasillos apenas hay gente, esperan entrar a examinarse o salen de hacerlo. El patio está desierto. Los estudiantes que pasan la prueba huyen del recinto universitario y llenan los bares de las inmediaciones.
Tras la semana de exámenes comienzan las clases del segundo cuatrimestre. Es otra vuelta a la normalidad. El patio recobra el pulso, como las calles durante los fines de semana. Con los siguientes exámenes lejos en el horizonte, el tiempo para el ocio se expande. Tras continuas las renuncias de los meses anteriores, ahora las ocasiones festivas son bienvenidas. Si es “viernes”, faltar a las últimas clases de una mañana primaveral es casi una obligación. Además en la puerta de Filología han montado una barrilada. A ella acudiremos estudiantes de las distintas facultades en el edificio. Por los carteles en los pasillos sé que al mismo tiempo hay una "barrilada de la primavera" en Reina Mercedes, en los aparcamientos frente a una gasolinera, gestionada por una empresa. Ofrecen el espacio y la infraestructura para que los universitarios festejen el fin de los exámenes y el comienzo de la primavera, al ser prohibidas tales fiestas en las instalaciones de sus facultades. Nosotros después de la barrilada iremos “al charco”, allá en las afueras de la ciudad, donde hay convocada una “fiesta de la primavera”. Será mi primera sesión etnográfica en torno a la fiesta.
El lunes siguiente, como después de cualquier fin de semana, como tras las fiestas de Navidad, la Semana Santa o la Feria de abril, en el patio recabaré información sobre lo que cada cual hizo. De mi grupo de informantes nadie ha asistido. Lo justifican porque estaba lejos, demasiada gente, mucho follón. Eran mejor “las de antes” me comentan, cuando “los buenos tiempos”.
Una mañana de septiembre a partir del medio día el patio comenzaba a animarse. Los estudiantes salen de las primeras clases, toman un descanso y ya habrá quien decida faltar a alguna asignatura. Lo más importante es estar con los compañeros, máxime tras el período vacacional. Se conversa animadamente, qué ha hecho cada cual durante el verano, los nuevos profesores y asignaturas. La gente no para de circular pero, como en cualquier plaza o bar en zona de movida, hay grupos que se destacan por una presencia más sostenida. He tomado a uno de ellos como “grupo alfa” (es como jocosamente se autodenominan, burlándose de mi empeño analítico). La mayoría de sus integrantes son amigos de años y con ellos se queda y sale con asiduidad, pero otros no lo son o no han estado disponibles por las vacaciones y los exámenes de septiembre. Este círculo de amigos y conocidos supera la fragmentación de los estudiantes en licenciaturas, carreras, cursos, aunque se dan los lógicos agrupamientos marcados por el sistema educativo que los entrelaza, de tal modo que paso la mayor parte del tiempo en el patio con estudiantes de Geografía. Distintos cursos, hay quien está en su último año con varias pendientes y quien comienza su singladura (varios han elegido esta carrera o han abandonado otras sólo por estar con el resto de los amigos). Rellenan las matrículas con el concurso de los asistentes aprovechando la experiencia de los otros, siendo el principal criterio la facilidad para aprobar las asignaturas. Conforme se acerca la clase siguiente se discute colectivamente si asistir o no. Estamos a principio de curso y queda mucho por delante, al sol, charlando, amigos que vienen y van, la alegría de un encuentro. Cuando acaban las últimas clases del día todos mis amigos y conocidos habrán pasado por el patio, al menos un rato. Como la bulla que se forma en el patio, así será en las calles por las noches de otoño: quien está libre de obligaciones, disfruta.
El primer día de clase tras las vacaciones de Navidad los pasillos son nuevamente un hervidero, con corrillos a las puertas de las aulas, los bancos ocupados, grupos sentados en el suelo o en las escaleras, los dos bares abarrotados, el charloteo es continúo, ni en las bibliotecas se guarda el debido silencio. Pero la animación en el patio no es mucha. Conforme avance la mañana la asistencia se ve alterada por el ritmo de los cambios de clase, con gran variación de los grupos y sin que se mantenga ninguno durante un tiempo prolongado. Para el estudiante se traban con facilidad el mundo del trabajo (sus estudios) y del ocio, volver a clase tras las vacaciones supone la activación simultánea de los dos ámbitos. Se habla acerca de lo que hicimos durante las fiestas, en especial los días señalados de Nochebuena y Fin de año, pero brevemente. La proximidad de los exámenes es el tema principal de conversación. Circula información valiosa sobre profesores, asignaturas y apuntes, en un libre mercadeo de las ideas. Hay cierta angustia compartida por el despertar brusco a la normalidad y remordimientos por no haber estudiado gran cosa estas semanas. Asistirán más a clase, dedicando cada vez menos tiempo a estar con los compañeros. Trato de retener en el patio a dos amigos de mi grupo de informantes y debería resultarme fácil, malos estudiantes y juerguistas como son, pero no. Ya se despidieron de las fiestas, llegando a casa hoy de madrugada. No son los únicos que han descargado los días previos. Ahora no hay tiempo que perder. Cuando pasen los exámenes, me dicen. Es una muestra de la incidencia que en la sociabilidad tiene el hecho de estudiar. Como una plaza cualquiera que sólo tras la semana de trabajo y estudio es ocupada, el patio reproduce estos vaivenes. Tampoco habrá gran animación en las calles del fin de semana.
Los minutos del examen son -desde la enseñanza primaria- lo que da sentido al resto del tiempo vivido. La condición del estudiante supone pasar una y otra vez la prueba, determina su progresión hasta llegar a la universidad, justifica la prolongación de los estudios. Si la sociabilidad de los jóvenes no puede desligarse de los estudios, el examen es la piedra de toque de todo el andamiaje.
Para comprender cuánto implica para los jóvenes el ocio, hay que ubicarlos dentro del trabajo. El mundo del deseo es reflejo de la necesidad, el desorden buscado es un calco del orden impuesto. Cuando habitan el tiempo festivo, forzosamente ha de ser desde la quiebra de la cotidianidad.
Ser estudiante no es tener una libre disposición del tiempo. Sigo los avatares de los estudiantes en las semanas previas a los exámenes. Por ejemplo, el sujeto X se levanta a las 7:30, entrará en clase las 8:30 y saldrá a las 14:00. Almuerza en una de las cafeterías del entorno y retorna a la biblioteca para estudiar de 15:00 hasta la hora de cierre, 20:30. Según las fuerzas y la proximidad de los exámenes, la jornada de estudio continuará en casa. Y más de una noche antes del examen dormirá lo justo. No es una trayectoria inusual, ni X es especialmente aplicada. Cuando las bibliotecas abran las puertas en apenas diez minutos ya no hay sitio. La cafetería estará durante todo el día llena, en el patio hay también animación como en los restantes espacios de sociabilidad, pero nadie permanece largo rato. Llegar, despejarse con un café o un cigarrillo, intercambiar unas palabras y retornar a clase o al estudio. El tiempo para el relajo es mínimo. Los amigos son ante todo compañeros de estudio, no hay otra conversación que asignaturas y exámenes, los unos se enseñan a los otros lo que aprendieron en el aula, en los libros o en la soledad del lugar de estudio.
El primer día de la semana de exámenes en los pasillos apenas hay gente, esperan entrar a examinarse o salen de hacerlo. El patio está desierto. Los estudiantes que pasan la prueba huyen del recinto universitario y llenan los bares de las inmediaciones.
Tras la semana de exámenes comienzan las clases del segundo cuatrimestre. Es otra vuelta a la normalidad. El patio recobra el pulso, como las calles durante los fines de semana. Con los siguientes exámenes lejos en el horizonte, el tiempo para el ocio se expande. Tras continuas las renuncias de los meses anteriores, ahora las ocasiones festivas son bienvenidas. Si es “viernes”, faltar a las últimas clases de una mañana primaveral es casi una obligación. Además en la puerta de Filología han montado una barrilada. A ella acudiremos estudiantes de las distintas facultades en el edificio. Por los carteles en los pasillos sé que al mismo tiempo hay una "barrilada de la primavera" en Reina Mercedes, en los aparcamientos frente a una gasolinera, gestionada por una empresa. Ofrecen el espacio y la infraestructura para que los universitarios festejen el fin de los exámenes y el comienzo de la primavera, al ser prohibidas tales fiestas en las instalaciones de sus facultades. Nosotros después de la barrilada iremos “al charco”, allá en las afueras de la ciudad, donde hay convocada una “fiesta de la primavera”. Será mi primera sesión etnográfica en torno a la fiesta.
El lunes siguiente, como después de cualquier fin de semana, como tras las fiestas de Navidad, la Semana Santa o la Feria de abril, en el patio recabaré información sobre lo que cada cual hizo. De mi grupo de informantes nadie ha asistido. Lo justifican porque estaba lejos, demasiada gente, mucho follón. Eran mejor “las de antes” me comentan, cuando “los buenos tiempos”.
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