miércoles 1 de julio de 2009

Postrimería. El día de “la macrobotellona”. 6.

Los festejantes van hacia una franja de terreno inundable a los pies de un sky line futurista. Le llaman “parque tecnológico industrial en la Isla de la Cartuja”. Hay literatura para comprender este escenario, fastuoso ciertamente, que recorren mis sujetos de estudio, especimenes extraños unos a uno e inexplicables cuando son multitud. Como sobreviviente, espero, de una larga tradición de científicos sociales orgánicos, no puedo sino citar con pesar a Castells. Si en La cuestión urbana (1977) arrancó dentro del enfoque económico-político y cuestiones como la nuestra responderían a los conflictos inherentes al sistema, ya en la cumbre del campo intelectual fue de las figuras que dio lustre a Sevilla como una de Las Tecnópolis del Mundo (Castells, M. y Hall, P. 1994), apoyando en su justa medida la producción de espacios que incidirían en los planos económico, político e ideológico de formaciones sociales concretas. En la Sevilla del futuro, nuestro lugar es el río. Respecto a la movilización festiva-celular a la cual asistimos, con Castells señalemos la fértil combinación juventud-nuevas tecnologías (ver Castells, M. y Fernández, M. 2006, obra patrocinada por Telefónica). La telefonía móvil ha alterado ciertamente la sociabilidad de los jóvenes, también puede ser una herramienta para el científico social empeñado en su estudio. Al mensaje del centinela en primera línea seguirá otros, así que me resigno a retornar al trabajo, desconectar es imposible. Se lo estaban pasando bien, yo no estoy para fiestas. Cuando lleguen las noticias de la cena de nuevo plantaré la grabadora ante el altavoz.

El precedente inmediato de cuanto este día sucede fue una de tantas ocasiones festivas que se prodigan entre universitarios al final de los exámenes de febrero, con la suerte de ser retransmitida por TVE, ocupando buena parte del programa “España Directo” (16/2/06). Luego fueron publicitados mensajes que circularían por Internet y a través de SMS, de autoría desconocida pero atribuidos a “jóvenes”, evidentemente seducidos por las imágenes televisadas, quienes convocaban a competir “ciudad contra ciudad” en pos de la mayor “macrobotellona”, sobreentendiéndose a su vez que la masa de jóvenes más grande sería recompensada con una exposición privilegiada al ojo público. La práctica habitual de salir de marcha era tornada en un hecho excepcional, concentrando la atención en una fecha concreta y tomando como cita el viernes 17 de marzo, el mejor de los días hábiles en torno al cambio de estación, siendo implicada “nuestra” fiesta de la primavera, el evento más multitudinario dentro de ese otro calendario festivo sevillano que quedaba consagrado como ejemplo del objetivo a batir. Ya en la primavera del año 2002 fueron tomadas como asunto de estado “la movida”, “la botellona” y todo el conglomerado de problemáticas anexas dentro de la ofensiva emprendida entonces por el Gobierno de la Nación. De nuevo la cuestión salía del marco local que le es propio. En Sevilla no se hablaba de otra cosa, como no sucedía desde los nunca esclarecidos sucesos en la madrugada del veintiuno de abril del año 2000.
Para mí tanto revuelo era un verdadero tormento.
Creía haber llegado al punto y final de mi estudio sobre la representación y tratamiento de las expresiones de sociabilidad, cuando se abría un nuevo capítulo y, además, si quienes producen “el problema” han decidido resolverlo, como parece, yo estaba obligado a actuar. Bajo de la montaña, sondeo el entorno y bajo tierra el río agua lleva, no soy el único con la mosca detrás de la oreja. El redoble de tambores anunciaba como entraba en escena la solución final. Para no verlo, pero los más lo tomaban con incredulidad o el cachondeo habitual. Algunos en cambio se apuntaban a un bombardeo, los justos e imprescindibles. No era mucho lo que podíamos hacer, sería sólo un gesto.

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