martes 30 de junio de 2009

Postrimería. El día de “la macrobotellona”. 7.

Las anticipaciones, los preparativos, la intervención y su posterior rememoración prometían unos buenos ratos. Nos reunimos en mi casa, o “el piso” tal y como lo llamábamos. Uno de los factores que explican los modos de uso de la calle por los jóvenes es la falta de vivienda propia. Cuando la tuve, disminuyó notablemente la frecuencia con la que salía de marcha y pronto fue el piso punto de encuentro para amigos y conocidos. Hubiera deseado mayor intimidad y recogimiento, pero dada mi situación excepcional debía ofrecer el lugar a los otros. Así lo dictaban las leyes de la hospitalidad, los valores igualitaristas que nos animan y las razones de fuerza mayor que las necesidades comunitarias imponen frente al arbitrio personal. Era lo esperable, de tal modo que el piso vino a ser la principal unidad de observación en la exploración de eso que llaman “la movida”, semejante a las tascas y bares, a los bancos en el parque, escaleras de iglesias, soportales de viviendas, cruce de calles o bordillos en la acera. Era otra isla en el archipiélago, tierra firme sobre las aguas. Aquellas sesiones tramando una respuesta ante las amenazas que sobre el uso de la calle se cernían, fueron también las últimas noches de el piso.

Ellos nos dieron la idea: simular que existe cuanto afirman, unos grupos de jóvenes organizados tras la convocatoria, sólo que nuestros mensajes puestos en circulación por SMS e Internet denunciaban la operación orquestada y llamaban a la rebelión. Tal vez serían publicitados por los medios de comunicación, dando cuerpo a los temores de los garantes del orden quienes tomarían a las multitudes festejantes por sujetos resistentes, quizás tratándolas como tales acabarían convirtiéndolas en su peor pesadilla y el sueño de un revolucionario. Engaño sobre engaño, ¿podrían llegar a creerse sus propias mentiras y de paso echarnos una mano?

El lugar escogido sería inundado de octavillas, pintadas y carteles para recibir a los participantes; y si entre ellos aparece un cámara de televisión -algunos de nosotros lo son y estarían allí- plantarse delante soltando el discurso. El objetivo mínimo era ganar el premio del concurso nacional: salir en el telediario para “llegar” a las masas, triste sino de la vanguardia posthistórica. Elaboramos, como está dictado, un manifiesto titulado “doc.1”, que gustaría o no a los miles que lo recibieron por correo electrónico los días previos, pero no fue reproducido en los medios de comunicación. Sólo el ABC de Sevilla dio cuenta de un mensaje que circulaba por Internet y recordaba vagamente al nuestro, pero remendado burlescamente. Los terroristas diletantes somos risibles como poco peligrosos. No adecentamos el lugar de la celebración con propaganda subversiva, por acostamos y levantamos a deshoras, dejando la acción para la mañana de autos para darnos de bruces con todo el despliegue seguritario.

A primera hora compareció ante los medios de comunicación el Ministro del Interior calificando la situación de “alto riesgo”. En todas las ciudades bajo la amenaza a lo largo de la mañana repicarán campanas quienes ocupan cargos públicos, acompañados de una muestra de ciudadanos potencialmente en peligro y expertos con una frase que hacer llegar al público. Cualquier actuación adoptada o propuesta parece que el sentido común la aprobaría, el grueso del trabajo está hecho, años apuntando en la misma dirección. En el estado de alarma generado las semanas previas ya fue recordado qué pasará el día de hoy, llegado el caso ni tan siquiera tendría que ocurrir el tan temido hecho social. Más confían en la participación entusiasta de “los jóvenes” y han insistido en lograrla, sin ellos el fondo del escenario queda expuesto, tal y como sucedió. No contaban con los elementos y la lluvia dejó al descubierto los dispositivos de representación e intervención.

Unas horas antes de lo anunciado estaban ensayando en la Isla de la Cartuja una espectacular distribución de los efectivos de las fuerzas de seguridad. Subiendo y bajando las calles, apostados en todos los cruces, a pie, a caballo, en motocicletas, coches, furgonetas. Pocos pero bien situados, visibles ahora, dado que no hay nadie en todo el territorio. Cuando lleguen las multitudes que esperan, la ratio será de un agente por cada mil individuos. Está alambrado todo el perímetro. Incluso las aceras acordonadas. Los actores de relleno circularán en este escenario por la calzada y serán conducidos directos hasta “el charco”. Si lo orquestan bien, como parece, podrían regular los flujos de población con mínimas perturbaciones al tráfico rodado y al parque tecnológico- industrial.

Mover la movida concentrándola en un punto, es una de las soluciones que en este día será evaluada. Es la otra solución, menos lesiva que la simple prohibición, aunque puede complementarla permitiendo en unos lugares lo que en otros se prohíbe. Las autoridades locales están capacitadas para estos ejercicios de control de masas. Llevan años intentando tirar los jóvenes al río. Dimos varias vueltas en coche. Éramos nosotros frente la trampa tendida. Nos limitamos a llamar la atención sembrando con octavillas, pero los agentes estaban echando el rato hasta que llegaran “los niños”.

Recorrimos los campus universitarios, palpando el ambiente de juerga, entreteniéndonos con la distribución subrepticia del “doc.1”. Apenas hay estudiantes, muchos no tienen clases los viernes y para los más el día comenzará cuando se levanten de la cama para dirigirse directamente a la fiesta. Evaluamos el curso de los acontecimientos en el velador de una cafetería por las inmediaciones del campus de Reina Mercedes, conocidos como “los verdes”, allí donde celebrábamos la primavera hasta ser prohibida por los órganos de gobierno de la universidad. Con sus escasos veinte años, la fiesta ha experimentado una larga historia hasta ser lo que es. En la mesa contigua una joven habla por el móvil: “normalmente vamos cuarenta a clase, hoy éramos dos: ¿tú vas a ir?”. Estado de excepción festivo. Aparecen varios amigos, uno de ellos:

Loco, estamos en los verdes y dos seguratas nos han echao por fumarnos el porro sin “el debido escaqueo”, nos dicen. ¿Vais a “La cita de la Macrobotellona”? Yo no, loco, no porque vaya a llover, es que no estoy para degeneraciones y eso es mucha degeneración, que si no… si estuviera… daba igual pero no estoy, es mucha tela, hoy paso, mañana. ¿Qué no puede ser mañana? Illo, mañana, loco…que hoy no puedo. ¿No? Estáis todos locos, con todo el tinglao montao, los periodistas y los jóvenes se ponen hacer el loco delante de las cámaras y claro, luego a prohibir. Había ahí una cámara en los verdes y ya se ponía un loco a gritar, loco, luego así nos dan toas, fuerte y flojo, nos la meten por lo gilipollas que parecemos. ¿No? ¿Pero… quiénes van?[1]

Hoy todos saldrán, al fin y al cabo es viernes. ¿Hasta qué punto se dan cuenta del “tinglao montao”? Miro por encima este sujeto, con pinta de ser un joven normal. Se despide con un “bueno, ya nos veremos en la fiesta de la macrobotellona”, dicho con guasa. Aunque sepamos qué se cuece en la trastienda, haga mal tiempo, no apetezca salir y menos a deshoras por sitios inhóspitos, la sencilla idea de estar con los amigos pasándolo bien se impone sobre cualquier otra consideración.

[1] El Colegio de Psicólogos de Andalucía Oriental, por encargo del Ayuntamiento de Granada, indagó por “la botellona” y los factores de riesgo y protección. Los factores de riesgo descubiertos son los ya establecidos de antemano al diseñar el cuestionario: a más edad, si es de sexo varón, dada una mayor permisividad familiar, a más tiempo en la calle, saliendo y volviendo más tarde y más días, ante creencias positivas sobre el botellón, a mayor insatisfacción con los recursos económicos disponibles, al consumir alcohol los padres y tener éstos una actitud favorable hacia las salidas de sus hijos y el consumo de alcohol…a todo ello mayor riesgo. Pero si alguien pudiera sentirse confuso y pregunta "¿por qué fulano va al botellón?" (García, 2003: 104), responden los expertos: porque van sus amigos.

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